Requiem en tiempos lejanos

Acto Primero: Cenizas a las cenizas

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Commodum ex iniuria sua nemo habere debet
(“Ninguna persona ha de obtener ventaja de su propio mal”).

El crepitar de una hoguera en lo profundo de la lóbrega sala era lo único que mantenía a los comensales alejados de la oscuridad total, proyectando amorfas siluetas sobre las columnas que abundaban alrededor de la enorme mesa de madera negra.

Estienne sopesaba una vetusta copa de madera, moviendo su interior como si tratara de encontrar vestigios de alcohol en un refinado vino francés. Probablemente aquello si fueran vestigios de su humanidad cuando aún el vino formaba parte de su dieta. A su lado, monseñor Geoffroi de Bouillon, apuraba las gotas de sangre de una joven que semidesnuda, yacía apoyada sobre la mesa, con su rostro a faz de las copas y su mirada perdida en el crepitar de la hoguera.

- Habéis mi señor tomado a mis esclavas cuando aún su corazón latía con fuerza, os habéis sentado a mi mesa y refugiado bajo mi techo. No creeís que va siendo hora de que expongáis los destinos que os han traído hasta aquí?, acaso he de dudar de vuestro clero o está en peligro mi reputación en Roma?.
-No sire, ningún otro hombre, demonio o vampiro es responsable de mi estancia ante vos. Sólo puedo deciros con total humildad que deberiamos aprovechar, ahora mismo y aquí, los privilegios de nuestro estado dado por Dios, porque corre el rumor y a buena idea os digo, que vuestra ciudad está condenada, y que ninguno de nosotros verá un nuevo atardecer mas allá de esta noche.

Estienne, hombre altivo y de buena cuna antes de ser abrazado, antaño experto jinete, se puso en pié y mirando al sacerdote con voz firme le dijo:
-Explicaos anciano, soy señor de cien hombres de armas y de las tierras circundantes, y sólo yo, bajo la tutela del Clan, responderé ante los Principes, no ante nada que toque a las puertas de …
Sus palabras quedaron ahogadas por el rumor de la calle. Gritos y voces se escuchaban a lo lejos, mas allá de las murallas de su santuario. Perplejo, se dirigió a la estrecha ventana y observó a través de ella sus dominios, y vió en sus ojos el fuego y el cielo se tiñó de rojo.

-Os lo he advertido mi señor, y con humildad os digo, que es hora de que os preparéis para morir, pues aquello que viaja a través de la noche os tiene por cordero y no cazador. Vuestra vitae es como ambrosía para sus sentidos, y ni hombres ni vampiros pueden detenerle. Me llamáis loco porque creo en las profecías, pero aquí está, somos un legado, y nuestro pasado viene a saldar ancestrales deudas…

…y se hizo el silencio…

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